Decisión.

Durante mucho tiempo quise tomar una decisión, pero ésta era sumamente escurridiza.
Creo que mi temor más grande era equivocarme y tomar la inapropiada, arrepentirme después, sentir que había dejado ir algo bueno de la vida.
Pero luego, todos y cada uno sacan el cobre.
Creo que no me enojó en hecho en sí de que un idiota se involucrara sexual y/o emocionalmente con otra mujer, habiéndome jurado fidelidad absoluta, sino lo que sentí como un insulto fueron las escenas de celos que me armaban, siendo que yo, no hice nada parecido a lo que él. En fin, el león cree.

El proceso de aceptación fue duro pero prácticamente inmediato.
Cuando estuve hace casi dos años en Oaxaca, en el viaje del hongo, debían hacerse peticiones, y mi petición principal hacia el viaje, el hongo y la vida en sí era que mis pequeños ojos dejaran de hincharse tan seguido por llantos nocturnos. Que cesaran las discusiones y problemas y que la vida fuera linda, como regularmente lo es.

Y bueno, ya todo eso pasó.

Poco a poco...

Paso a paso.

El final.

Cuando terminé con Alejandro y lo encontré nuevamente en la escuela siempre tenía la meta presente de evitar un día de llanto. Pensaba que sintiendo todo lo posible algún día llegaría donde no tendría ganas de llorar, y luego dos días y así sucesivamente hasta que lo olvidara.
Luego conocí a Miguel y pensé que él era la respuesta a una pregunta nunca antes formulada, pensé que él era la síntesis de todo lo que buscaba en un hombre.
Y ahora estoy sola y triste, llorando escuchando una nostálgica canción de Rodríguez.


¿Y mi dharma cuándo?